Desde hace 12 años no tengo útero ni ovarios ni ninguna presa adyacente por los “barrios bajos”, por lo tanto todo este tiempo he estado con hormonas de reemplazo que me tenía “tiqui-taca”, sin las calamidades que se supone le pasan a las menopáusicas aunque sean quirúrgicas como yo.
Cuando fui a mi chequeo con mi doctora de cabecera, Paula, una doctora que me ve todo y me trata como si fuera un ser humano integral –y no un Frankestein que tiene piezas mal pegadas entre sí nada más–, encontró que con los estrógenos que me zampaba al día tenía los niveles como si estuviese ovulando, y obviamente me había librado de ese caso hacía demasiado y comenzamos a bajar, y bajar, y bajar, las dosis hasta desaparecerlas por completo de mi vida, pero llegaron –en compensación– los bochornos que me hacen sudar a las horas y en los lugares más inoportunos. Me empapo en sudores desagradables, y vergonzosos, pues uno tiene su orgullo y no es muy rico que cualquiera se de cuenta y te diga ¡vieja menopúasica! como si fuera un delito o pecado.
Tengo bochornosos bochornos, pero no ando de mal genio ni deprimida. Sólo espero que pasen pronto y mientras llevar los males de la edad y del sexo al que pertenezco con dignidad y paciencia.
Al dejar las hormonas, dicen, se me pueden degradar los huesos con osteoporosis, pero de paso, tengo menos riesgo cardíaco. ¡Uf! o es por un lado o por otro, pero nada es perfecto.
